viernes, 26 de octubre de 2012

Mi Abuela, María Luisa



 Una pancita  trajo a mi abuela desde Austria para dejarla en San Ignacio (Misiones) un otoño de 1913. Desde su comienzo fue desafortunada. Su padre que por tercera vez esperaba un varón (y por tercera vez recibía a una niña), tenía una furia tal que permanentemente amenazaba con ahogarla en el río, como se hacía  con las crías no queridas de perros y gatos. Por suerte para mi abuela eso no ocurrió aunque luego su vida no sería precisamente un mar de rosas.
   A los diez años ya viviendo en  Avellaneda, (Santa Fé), sufre la pérdida de su mamá y eso la dejaría en un total desamparo, agudizado poco tiempo después cuando su padre se vuelve a casar. El flamante matrimonio decide enviarla a  Corrientes, a una casa de gente poco conocida, donde supuestamente le haría compañía a las damas. Pero en realidad, con esa corta edad, debía levantarse muy temprano para prender el fogón y comenzar con las tareas de la casa que finalizaban muy tarde a la noche. Luego, su cansado cuerpito se iba a dormir a un rincón de la cocina sobre una bolsa tirada en el piso.
 Entre sus tareas estaba la de hacer mandados y el verdulero, viéndola tan desgraciadita le regalaba el perejil. Junta los centavos que eso costaba  hasta llegar al valor de una carta que le envía a su papá con la leyenda “Quiero volver a casa”.   
   Es entonces que un cura amigo que rutinariamente hacía el recorrido Corrientes- Santa Fé, la lleva de regreso a Avellaneda.

   El tiempo pasa. Una  noche, cuando tenía unos quince o dieciséis años, su madrastra (combinada previamente con el hermano 22 años mayor que mi abuela) la manda a buscar agua al pozo que estaba al fondo oscuro de la casa. Sumisa y obediente va y al llegar él la sorprende y amenaza con un cuchillo y violentamente se la lleva para su casa.  Así es como mi abuela tuvo marido sin conocer el amor y perdió toda su inocencia a golpes y violación.
  

   Unos meses después la lleva a Margarita (Santa Fé) donde trabaja en el obraje. Allí se  talaban árboles y cortaban maderas para hacer leña y mi abuela, pese a estar embarazada de su primer hija trabaja de sol a sol.
   Tiempo después se mudan a La Gallareta donde tiene cuatro hijos más, Enrique Ramón (Coco), Lucía Yolanda (mi mamá) Alfonso Luis (Bubi) y Roberto Jacinto. En ese lugar mi abuelo era Jefe de almacén de la “Forestal” y económicamente tuvieron una buena época.  Como maestro que era (antes de


                                  
llevarse a mi abuela había trabajado en varias escuelas de algunas provincias) les enseñaba a  sus hijos muchas cosas. Los cuentos, las leyendas, las historias de las óperas tradicionales, eran comunes después del trabajo, pero cuando venía de andanzas y copas cualquier cosa despertaba su furia convirtiéndolo en una persona completamente diferente.  
   Cansada por el trabajo y la atención de sus hijos, mi abuela a veces se quedaba dormida esperándolo con la comida servida en la mesa. Eso era suficiente motivo para  una golpiza. La violencia no solo se detenía en ella. También era víctima Coco, quizás por haber dejado de ser el niño perfecto que era.

                                
   Cuando Coco tenía unos tres añitos tuvo un problema en un ojo. Por aquel entonces el médico del pueblo te trataba todo, aún problemas que no eran de su competencia. El Dr. Ortiz le indica para  Coco enjuagues de agua con permanganato pero en una dosis equivocada y eso le provoca una quemadura (y ceguera) en el ojito enfermo que queda de un color celeste. Por ello mi abuelo cuando estaba alcoholizado lo llamaba zarco y a veces lo hacía arrodillar sobre maíz y allí le pegaba con el cinto  y amenazabacon tirarlo a la cañada.
   Un día mi abuelo se enojó con algo o alguien y renunció  a su trabajo y se mudaron primeramente a Villa Ocampo y después volvieron a Avellaneda donde  seguía viviendo el papá de mi abuela. No sé si es que juntan dinero o bien si le pidió a su padre la herencia de su mamá (obviamente recibió lo que ellos quisieron darle) y con eso compran un ranchito que mi abuela pinta con cal para matar todos los bichos y con paja, adobe, hace una galería donde forma su cocina. Después compra unas gallinas y hace una huerta donde tiene entre otras cosas repollo, lechugas, rabanitos mezclados con flores que alegran su pobreza.    No tenía muchos muebles pero si una mesa grande y fuerte que una vez se la pidieron a mi abuelo para velar a un muerto. Esto enojó mucho a mi abuela quien luego lavó bien la mesa y le pidió que no la prestara nunca más, al menos para ese fin. *
   Frente a la casa de mi abuela vivía Doña Flora, una amiga de la infancia que la pasaba a buscar en su jardinera y todos, hasta el más pequeño, iban a cosechar algodón. El sol en el chaco santafesino es abrasador por lo que todos usaban sombreros de paja de ala ancha y para cubrir los brazos mi abuela había hecho una especie de mangas largas que se sujetaban con elástico.  El algodón es sumamente suave pero se cosecha cuando todo lo que lo envuelve está bien seco, eso hace que tenga muchas partes que pinchan y cortan. En el apuro para juntar una buena cantidad (le pagaban por kilo cosechado), las manos de mi abuela terminaban hinchadas por tantas lastimaduras.

*Creo que le tenía miedo a la muerte. Tengo recuerdos de alguna que otra noche con aullidos de perros y mi abuela quitándose la alpargata, dándola vuelta y haciendo unas cruces.   Las noches de mi niñez eran mucho más silenciosas que las actuales y antes de que juntaran el dinero para  instalar la  electricidad,  la casa de mi abuela se iluminaba   con un farol o con velas, lo que le daba un entorno más asustadizo a los aullidos.




  Después de una buena cosecha compraron  su propia jardinera y una yegua, la Porota. Un día la Porota desapareció para angustia sobre todo de los más chicos que la tenían como mascota. Días después, de noche, el descanso se alteró por unos ruidos y el susto se transformó en un alegre griterío infantil. La Porota había vuelto. Estaba lastimada en el pecho. Quizás por eso regresó y quizás  también, en su  paseo por descubrir otros horizontes, algúnalambrado le había dejado esa herida que estaba “abichada”.  Mi abuela   con pacienciay delicadeza le fue limpiando la lastimadura y sacándole los gusanos hasta que se curó.
   Mi mamá, a quien la Porota un día le mordisqueó suavemente la panza, fue la más feliz de los hijos cuando nació la “Pitanquirri”, hija de la “Porota” y algún padrillo que habrá “conquistado” en aquellos días de escape y aventuras.
   La Pitanquirri fue bastante mal criada por todos. Cuando no la podían encontrar era porque se metía en la cocina a comer azúcar de la bolsa. Nunca llegó a tirar de la jardinera pues antes de terminar su crecimiento fue vendida.
   Así de simple era la vida que marchaba con absoluta inocencia como la de Bubi que en una oportunidad jugaba entretenido con una ramita y le decía entusiasmado a mi abuela:
-¡Mirá mami como saca la lengüita!-  del otro lado de la ramita había una pequeña yarará que por milagro divino no lo envió al otro mundo.


*Mi abuelo era un hombre muy inteligente y culto. Era maestro y le encantaba leer libros y enseñar. Tuvo muchos trabajos dispares como ser sumariante en una comisaría o administrativo en la Estrella Argentina (supermercado que estaba ubicado en Luro y Salta, Mar del Plata). Trabajó en la construcción en Punta Mogotes,( donde al terminar la jornada,  recogía caracoles para cocinarlos en la cena) y en las oficinas del hotel Provincial. El alcohol desperdició un ser maravilloso para dejar los despojos de un ser irreconocible y  violento.

   Cuando el trabajo empezó a escasear, el ranchito, la jardinera, la Porota y otros dos caballos viejos (la “tordilla” y el “alazán”) se vendieron. Mi abuelo quedó en Avellaneda y mi abuela con sus hijos fueron primeramente a San Cristóbal (Pcia. de Bs. As.) y posteriormente a Mar del Plata. Allí, Coco fue a trabajar al campo, Bubi y mi mamá con una tía, la hija mayor a trabajar a una casa de familia y mi abuela con Robertito a otra casa de familia.
 Tiempo después apareció nuevamente mi abuelo y alquilaron parte de lo que en algún momento había sido una escuela y la familia volvió a estar junta.
 Para pagar el alquiler mi abuela trabajaba a la mañana bien temprano limpiando unas oficinas de una compañía de seguros, luego iba a una fábrica de pescado y al medio día, en el descanso para almorzar de la fábrica limpiaba el departamento de un contador y un escribano. Ellos fueron quienes viéndola tan trabajadora y responsable la ayudaron a obtener un crédito hipotecario con el que compro una casa linda para todos cerca del “monolito”, en Luro y Champagnat.  



   

Lamentablemente los años, y los cambios de ciudades no hicieron desaparecer el alcoholismo en mi abuelo, por consiguiente siguieron los tristes momentos de violencia. Entonces, llegó un momento en que mi abuela no aguantó más.
   Los hijos ya estaban  grandes, la hija mayor casada, Coco trabajando en la fábrica de fideos Giovanonni y viviendo en una pensión junto a los otros dos hermanos varones y mi mamá a punto de casarse,  por lo que mi abuela dejó por fin a mi abuelo y se fue a cuidar un chalet desocupado de un compañero de trabajo.
   Ese podría haber sido el fin de sus males, pero cuando se tiene una historia tan pesada difícilmente se  pueda vivir sin padecer secuelas. Coco y Bubi fueron alcohólicos como mi abuelo aunque jamás fueron violentos. Las niñas que se habían casado con lo primero que encontraron para salir de aquel infierno nunca tuvieron felicidad plena en sus matrimonios, y mi abuela se volvió a casar con un tipejo que no era mucho mejor que mi abuelo. Egoísta y vago lejos estaba  de enseñarle lo que era el amor.
   Con él alquiló una casita en la calle Stróbel cerca de Champagnat y  Constitución.  En ese tiempo yo tendría unos dos años y con mis padres estuvimos viviendo con ella algunos meses. La casa, humilde, tenía afuera una letrina. Consistía en una pequeña y precaria construcción de madera con una puerta que se cerraba con un gancho. Adentro estaba el  pozo ciego tapado también con maderas y tenía un agujero en el medio. Mi abuela siempre le decía a su marido que dejara la puerta cerrada, que yo era muy chiquita y eso podría ser peligroso.
   Una mañana, en un instante de distracción desaparecí de la vista de las mujeres. Cuando se dieron cuenta mi abuela dijo -¡el pozo! Y salieron corriendo hacia el fondo. Yo estaba en la orilla del gran agujero y al verme allí, mi mamá estática por el pánico, solo pudo gritar llamándome. Eso me hizo  dar un pequeño giro que transformó el paso hacia la muerte en un pié trabadito en el borde. Mi abuela, en un veloz reaccionar, me sacó de inmediato del lugar salvándome así la vida. Después de eso ella tuvo durante mucho tiempo pesadillas en las que se repetía esa situación pero mi cuerpito se le escapaba de sus manos; y mi madre, hasta el día de hoy tiene la imagen de mi carita girando ante su grito y el movimiento del pie trabando mi caída.
   Yo recuerdo a mi abuela ya en una casa de la calle Coronel Suárez. Gracias a un  larguísimo crédito que pagaba puntualmente cada mes, había comprado un terreno donde luego, al fondo, entre todos los hijos le hicieron una casillita.
   Para llegar a la misma había que pasar primero por una pequeña tranquera que daba al camino hecho de cemento alisado y coloreado con ferrite rojo ubicado en el medio de un amplio jardín con macetillas, narcisos, jacintos y no me olvides (siempre tenía una no me olvides pegadita a la ropa, en la zona del corazón y lo mismo hacía mi mamá y después, yo). Una higuera, durazneros y una parra. Al llegar a la casilla el camino se dividía en dos rodeándola por completo. Hacia la izquierda estaba la bomba de agua y del lado derecho la parra y una de las entradas.
   La casillita de mi abuela estaba pintada de verde agua y al frente tenía una ventana con mosquitero que era de su habitación. Justamente sobre la ventana, para aprovechar la luz, tenía la máquina de coser “Singer” y ajustadamente el juego de muebles (la cama de dos plazas, las mesitas de luz, el ropero, la cómoda y el espejo apoyado sobre ésta). Colgadas sobre la pared de la cabecera de la cama, dos fotografías con gruesos marcos y vidrios típicos de la época. En una, mi abuela con sus dos hijas. En la otra mi abuela de pie, solita, foto que le habían sacado en el casamiento de su hijo menor.    Si bien la casilla era de madera, adentro, mi tío Bubi, le había clavado primero una malla  metálica para poder hacer el revoque que posteriormente pintaría de blanco.
  Al lado de la habitación de mi abuela estaba el cuarto de Bubi que siempre tenía su ventana cerrada. Él  había tenido un desengaño amoroso y era el único que no se había casado. Con su tierno corazón destrozado poco era lo que salía de la casa y se lo pasaba fumando y bebiendo casi todos los días.
  Yo tenía el honor de ser permitida en su cuarto cuando él, mi abuela y mi mamá jugaban a la escoba o al chinchón.    Era muy especial para mí estar allí solita.

                                 
 En el espejo del viejo ropero tenía pegadas fotos “atrevidas” de Libertad Leblanc (de quien mi tío estaba enamoradísimo) junto a otras de Gardel.
La cama era de hierro con el respaldo redondeado y barrotes y a los pies siempre estaba “Babito” el gato de mi tío. En la mesita de luz tenía un cenicero con forma de casita por cuya chimenea salía el humo cada vez que dejaba un cigarrillo.    En verano, bajo la sombra del gran sauce llorón, mi tío solía sacar una mesa al patio y encima ubicar la vieja radio para escuchar los tangos del Zorzal Criollo que en aquellos tiempos sonaban tan frecuentemente.
  Uniendo las dos habitaciones estaba la cocina que tenía pegado a la puerta de entrada del costado de la casa, un mueble de oscura madera con tres puertas (la del medio de vidrio), espejo incluido del ancho del mismo y unos veinte
centímetros de alto y un cajón para los cubiertos. Allí se guardaban los platos de loza, un juego de vasitos de licor, dos copas de cognac decoradas con finas pinceladas doradas y pintitas de color rojo. La mesa era octogonal de madera haciendo juego con el mueble. Una heladera color celeste llevaba una barra de hielo que se compraba a diario cuando pasaba el vendedor; un calentador Brammetal para los tiempos fríos y para cocinar, y un aparador celeste con dos puertitas arriba y dos abajo donde estaba el resto de los elementos de la cocina. En el espacio del centro del aparador se ubicaban la panera de metal con puerta corrediza hacia arriba y una bandeja con la yerbera-azucarera (unidas)y el mate.
   Por lo general la mesa estaba cubierta por un grueso mantel de hule floreado pero los domingos mi abuela lo retiraba, limpiaba bien con lavandina la madera y luego preparaba riquísimos tallarines para toda la familia que se reunía a comer.Después de los tallarines era muy común jugar a la lotería o a las cartas y por la noche los hombres jugaban al tute cabrero cosa que a mi abuela le encantaba, pero esto ponía re nerviosos a mis tíos pues ella se mandaba algún que otro “renuncio “ que les desbarataba su tan calculado juego.
   Mi abuela nunca cuestionó los trabajos que le tocó realizar para alimentar a su familia pero para ella fue un avance muy importante cuando sacó a crédito la máquina de coser y pasó orgullosamente a ser “pantalonera”.     Durante la semana mientras cosía los pantalones  mi mamá la ayudaba con los ojales, bajos y pegaba los botones por lo tanto íbamos a su casa a diario. A veces me llevaba cuando iba a entregar la pesada bolsa de la costura. Tomábamos el colectivo hasta el centro, caminábamos un par de cuadras hasta llegar al local de Roque Sports (Rivadavia casi Santa Fé). Entrábamos, bajábamos una fina escalera que daba al sótano donde le revisaban pantalón por pantalón y le daban una nueva tanda para coser. Después subíamos, cobraba su trabajo y allí ya  libre  del apuro de la entrega me llevaba a caminar. Si la paga le alcanzaba el paseo terminaba en la pizzería “Las Nieves” (a ella le encantaba la pizza con fainá) o en una heladería.
   Mi abuela tuvo pobreza pero nunca miseria. Recuerdo que siempre había algo para comer aunque más no fuera mate cocido y tortas fritas. Incluso tenía para dar a unos vecinos. Eran un matrimonio con muchos chiquitos. Algunos habían quedado en el camino por desnutrición y los que sobrevivían tenían las típicas pancitas hinchadas por la hambruna. José Luis y Juan Carlos (6, 7 años) eran los mayores y venían con la excusa de preguntar si necesitaba que le hiciera un mandado pues sabían que mi abuela, necesitara o no de mandados, les prepararía algo caliente para tomar y unos panes con manteca (y dulce de leche o mermelada en épocas de bonanzas), o un buen plato de guiso para comer.
   Primero venía uno y al rato de irse aparecía el otro. Tiempo después, cuando creció un poquito apareció Alejandro y más tarde otra hermanita que no recuerdo su nombre. Así se daba a diario el paso de los pequeños por el corazón generoso de mi abuela.*
   Mientras ella y mi mamá cosían yo me aburría salvo cuando me prestaba su bici que era de color negro. Como la calle en esos tiempos era de tierra y casi sin tránsito, me pasaba toda la tarde dando vueltas frente a la casa hasta que empecé a hacer una cuadra hacia la derecha donde había manzanas sin parcelar y una quinta bordeada de arbustos que me daba mucha intriga; y otra cuadra hacia la izquierda hasta una casa que estaba en el medio de la calle y que me asustaba mucho. La casa por su ubicación obligaba a que la calle hiciera un desvío. Del otro lado más manzanas sin parcelar. Siguiendo por ese desvío se llegaba a Berutti por donde pasaba el colectivo. Cruzando el descampado estaba el almacén de Sabione donde pese al cartel que decía “Yo no fío por temor a estos tíos” (con el dibujo de unos clavos con caritas) mi abuela compraba alimentos que le anotaban en una libreta de tapas negras plastificadas.


*José Luis muy jovencito fue un día de mucho calor a bañarse a un río y nunca más salió. Juan Carlos, sigue viviendo en el mismo lugar y hace poco, en un juicio por la venta de la casa de mi abuela que mi tía hizo por su cuenta, (sí, dejándola afuera a mi mamá) salió de testigo a favor del nuevo dueño y en contra de ella. Del resto nada sé.



De tanto bicicletear, aprendí a andar sin manos. A veces lo llevaba a dar vueltas a Juan Carlos hasta que un día le pregunté si era de Boca y me dijo que no. Eso era lo peor que me podría haber contestado, por lo tanto, como pequeña fanatiquita, lo hice bajar. Juan Carlos le fue con las quejas a mi abuela quien le dijo: - ¡Aaayy hijito!, decile que sos de Boca y listo- y Juan Carlos me dijo que era de Boca y recuperó de inmediato su lugar·.
Para las fiestas los pocos vecinos de la cuadra (a algunos hasta les había hecho de partera hasta que la verdadera llegaba) ponían en la calle mesas y sillas para comer y brindar todos juntos.  Después de las doce venía el baile de la silla donde  el marido de mi abuela tocaba en su viejo acordeón los únicos tres acordes que sabía.    Cuando dejaba de tocar, todo el mundo se sentaba pero al haber siempre una silla menos perdía el que quedaba de pié. Generalmente yo no llegaba a esa hora pues me quedaba dormida en la cama de mi abuela y así me llevaban a nuestra casa.
   Tendría yo unos once años cuando las manzanas se lotearon y mis padres compraron un terreno justo frente a la casa de mi abuela.  Mis tíos ayudaron a hacer una casillita que tenía una ventana al frente por donde entraba el sol la mayor parte del día. La puerta de entrada estaba en uno de los costados. Eran dos pequeños ambientes y tiempo después me hicieron para mí, una pequeña habitación de material con ventiluz de hierro por donde me encantaba los días de tormenta, ver llover. El camino de la entrada era de lajas que, como mi piecita, hizo mi papá y estaba rodeado de gladiolos que había plantado mi mamá. Primero fueron rojos y luego se sumaron de todos los colores. 

                                                 
  Posteriormente mi papá hizo adelante un chalecito de material con un gran porch donde ya adolescente, me sentaba a escuchar música y tomar un poco de sol por las tardes y donde hicimos un muñeco una vez que nevó en la ciudad.  

                                                    
De todos modos, con mi mamá seguíamos cruzándonos a la casa de mi abuela y pasando allí la mayor parte de nuestro tiempo.  Delante de su casillita se había comenzado a hacer una de material que hizo desaparecer las macetillas, narcisos y no me olvides. La construcción se paralizó en el tiempo y ella nunca la vio terminada y mucho menos, pudo habitar*.
   Un día todas las penas que no descargó mi abuela en su vida, afloraron en su pecho pero ella no dijo nada. Tal vez por vergüenza, por temor, porque sí, no lo contó y su mal fue creciendo durante diez años. Tiempo después comprendí por qué de un día para otro empezó a rechazar mis abrazos. Siempre había sido reacia a tanto besuqueo que yo igual le propinaba, pero a los abrazos no.
Entendí todo cuando su enfermedad terminó en una operación.
   Como si no hubiera sufrido suficiente en su vida, después de operada dio con un bestia que probó en ella una medicación que la descompuso tanto que no pudo estar de pié. Entonces la empezó a atender el Dr. Moya de la Clínica Colón, que aunque era clínico logró que se recuperara y se levantara nuevamente.

*Muchos años mas tarde se terminó la casa que tuvo diferentes ocupantes hasta que un día se vendió sin que mi madre supiera ni recibiera su parte.

  Muy flaquita y frágil pasó una temporada en las Margaritas (entre Mar del Plata y Camet) hasta que en el final de su enfermedad, al sentirse mal, decidió volver a su casillita.
   Mi abuela murió una primavera de 1977 rodeada de todos sus hijos. Se quedó  profundamente dormida y no despertó más.
   No lloré cuando mi abuela murió. Quizás me sentía demasiado enojada con ella porque no se cuidó… porque se murió. Quizás estaba preocupada por mi mamá que se estaba desgarrando por dentro… realmente no sé.
  Un día, en el colectivo, camino al colegio me vino el recuerdo de mi abuela y allí las lágrimas me empezaron a brotar.
   Yo tengo muchas cosas de mi abuela. Cosas buenas y otras no tanto. La testarudez de nuestro signo, el loco espíritu viajero que mi abuela no pudo desarrollar (recuerdo como cada año ilusionada compraba la tradicional rifa de la casa rodante exhibida en plena peatonal con la que soñaba tanto), el amor para hacer tallarines caseros (que tanto le gustan a mi papá), y, lamentablemente hasta la misma enfermedad.
   Hubo cosas de su historia que recién conocí después de su fallecimiento.
   Nada viene por qué sí. Cuando cesaron los golpes en su vida vino el dolor de ver a sus hijos sumergidos en el alcoholismo. Cada vez que mi tío Bubi bebía los brazos de mi madre y los míos no alcanzaban para darle consuelo. Recuerdo claramente sus ojitos llenos de lágrimas y cómo parábamos los puñitos cerrados con los que se quería golpear la cabeza culpándose de todo.
   Al poco tiempo de irse mi abuela se fue mi tío Bubi abatido por el tabaco y el alcohol. Unos años después falleció Coco por un cáncer de garganta (también por el tabaco y el alcohol) muy mal tratado, con una pésima operación en La Plata que solo le trajo padecimientos. Cuando mi mamá le hacía la limpieza diaria en la garganta él le pedía con señas que ya no lo hiciera, sabía que era inútil.
A veces pienso que quizás ella se dejó morir para no ver lo que predeciblemente sucedería con sus hijos.
  Más o menos así fue la vida de mi abuela, María Luisa.


Abuela  26-04-13 /27-09-77 –
Bubi  01-05-38 /17-09-78 –
Coco 26-04-34 /26-03-88 –

                                                                                        GMS




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